Tras varios siglos de andar deambulando por el mundo llego a Manhattan, la peste de esta ciudad era infinitamente abrasadora; los olores se mezclaban combinando tétricamente cada uno de sus componentes. Los edificios que cubren la mayor parte de la vista carecían de sentido estético o al menos desde su punto de vista así lo era, la monotonía de la ciudad le resultaba absurda, miles de construcciones de igual estilo, empalmando pisos a lo tonto mas allá de las alturas verosímiles. La noche en esta ciudad le era aun más contradictoria pues al ser una fiel amante de lo sombrío aquellos escaparates y anuncios de color neón que surgían por todo el lugar le molestaba, su humor empeoraba con cada paso que daba. Si, los humanos ataviaban su cuerpo con ese magnifico efluvio de vida, pero no era suficiente, la juventud perdió la pureza que tanto añora en la sangre, el temor de estar a escasos centímetros de la muerte, esa agonía de ver a los ojos carmesí un futuro completamente inevitable cuando de saciar su sed se trata. Estaba decepcionada.
El vestido color negro que cubría su cuerpo esa noche resaltaba su silueta tan perfecta, bajo el contraste de su piel pálida y cabellera roja, resoplando entre dientes su disgusto hacia el sitio al que arribó, buscando con su mirada periférica algo con que distraerse, un juguete humano que acaparara toda su atención y olvidar el menjurje de olores. La sed quemaba su garganta pero ese autocontrol que aprendió en los últimos siglos le era de suficiente ayuda pues no toda la bazofia de la tierra merecía perecer en sus hermosas manos “¿Quién no querría morir bajo mis garras?” Se preguntó a si misma con ese tono de arrogancia escrito en sus pensamientos, esa petulancia que ninguna criatura puede arrebatarle.
Un aroma delicado, sutil, embriagador, atrayente y, por mucho describirlo, delirante llego hasta sus fosas nasales, dicho acto hizo que su garganta le propiciara un ardor a su interior, una quemazón tan sublime que dictaminaba el inicio de su cacería, se coloco en posición felina, la gente pasaba a su alrededor sin tomarle el mayor interés, lo cual beneficiaba mas su juego. Encontró el lugar de donde se desprendía tan peculiar efluvio y sonrió con la mitad de los labios “¡Llego la hora Morgana!” Esa fue la señal que se dio para atacar a su presa, paso desapercibida por el lado de varia gentuza, llego hasta el dueño de ese corazón latente y esa joya tan magnifica que corre debajo de sus venas, golpeo al niño con maestría y lo dejo inconciente en el lapso de un par de segundos, los tontos humanos continuaban tan ciegos como siempre ante la existencia de este tipo de criaturas.
Se detuvo a considerar el hecho de que matarlo en frente de todos era descomunal y fuera de su alcance, no porque no deseara hacerlo con toda la intención, si no por que no quería formar parte de algún espectáculo de entretenimiento del genero terrorífico, si se quedaba tal vez no podría torturar a su victima y esto la enfadaría con mas fuerza y probablemente la mayor parte de los humanos que habitaban este lugar no regresarían a casa. Cargo al niño sobre los hombros y lo llevo hasta un parque lo suficientemente grande para esconderse dentro de este, buscó el árbol mas apropiado de aquel sitio y coloco cuidadosamente su cena recostada en el, sonrió para sus adentro y espero a que su victima despertara para iniciar esa sádico juego que planeo desde el momento en que su olor llego hasta ella.
















por Invitado el Sáb 16 Ene 2010, 10:48 pm